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Pérdida de audición y demencia: por qué oír menos puede afectar de forma directa la salud cerebral

De acuerdo con estudios, la falta de estímulos sonoros provoca una atrofia en la corteza auditiva del cerebro afectando las áreas vinculadas con la memoria.

Publicado:

Juan Manuel Arias Montenegro

Por: Juan Manuel Arias Montenegro

Creativo Digital

Adultos mayores
El aislamiento social derivado de no oír bien incrementa en cerca de un 50% las probabilidades de padecer demencia - crédito Canva

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La pérdida de audición es una condición frecuentemente asociada al envejecimiento que suele asumirse como un problema menor, limitado a la incomodidad de subir el volumen del televisor o pedir que se repita una frase; sin embargo, la comunidad médica internacional ha encendido las alarmas: los cambios auditivos, incluso los más leves, tienen un impacto profundo que va mucho más allá de las conversaciones cotidianas, vinculándose estrechamente con un mayor riesgo de desarrollar deterioro cognitivo y demencia.

De acuerdo con investigaciones y advertencias difundidas por la institución médica Cleveland Clinic, las personas que presentan dificultades para oír muestran una probabilidad significativamente más alta de sufrir declive cognitivo en comparación con aquellas que conservan su audición intacta.

Al respecto, el neuropsiquiatra Dylan Wint aclaró que, si bien no se presenta como una causa directa o un vínculo causal cerrado, la asociación epidemiológica es contundente; de hecho, la pérdida de audición se sitúa hoy entre los mayores factores de riesgo modificables para la demencia en la edad adulta.

Una escala de riesgo vinculada a los decibelios

Los datos estadísticos citados por la Cleveland Clinic revelan una correlación alarmante: hasta el 8% de los casos globales de demencia a nivel mundial se atribuyen a la pérdida auditiva; además, el riesgo no es estático, sino que se incrementa de forma exponencial a medida que el sentido del oído empeora.

Según el doctor Wint, una pérdida auditiva catalogada como leve se asocia con cerca del doble de riesgo de padecer demencia. Si la afección progresa a un nivel moderado, la probabilidad se triplica de inmediato. En los escenarios más graves, donde la privación sensorial es profunda, el riesgo de desarrollar una patología cognitiva llega a multiplicarse por cinco.

Las evidencias científicas muestran que el peligro es aún mayor cuando la pérdida inicia tempranamente, entre los 40 y 50 años, debido a que el cerebro queda expuesto a la falta de estímulos durante décadas.

Atrofia por desuso y sobrecarga cerebral: las causas biológicas

Para explicar esta preocupante conexión, los expertos señalan dos fenómenos biológicos y cognitivos principales:

  • La atrofia cerebral por falta de estimulación: cuando el oído deja de captar los sonidos del entorno, la corteza auditiva, la región del cerebro encargada de procesar la información sonora, comienza a recibir menos datos. Al verse privada de su actividad habitual, esta zona experimenta un proceso de adelgazamiento de tejido conocido como atrofia. Debido a las conexiones neuronales, este desgaste puede extenderse con rapidez hacia las áreas cerebrales vinculadas con la memoria.

  • La sobrecarga cognitiva: al volverse deficiente la audición, el cerebro debe realizar un sobreesfuerzo descomunal para descifrar el significado de las palabras. Esta demanda energética agota los recursos mentales disponibles, dejando al cerebro sin la capacidad necesaria para comprender de forma precisa, almacenar y recordar la información, lo que genera un círculo vicioso de ineficiencia cognitiva.

Aislamiento social: el enemigo silencioso

El impacto de no oír bien trasciende lo puramente biológico y se traslada al comportamiento social. El retraimiento es una de las respuestas más comunes de los pacientes. Al exigirles demasiado esfuerzo físico y mental seguir el hilo de una conversación, muchas personas optan por mantenerse al margen o dejar de asistir a reuniones.

El doctor Wint señala que este aislamiento voluntario acelera de forma dramática el deterioro. Las investigaciones médicas confirman que las personas socialmente aisladas presentan cerca de un 50% más de riesgo de desarrollar demencia en comparación con aquellas que mantienen una vida social activa y estimulante.

Una estrategia de protección eficaz

La parte más esperanzadora del panorama clínico radica en que la pérdida de audición es un factor modificable. El tratamiento oportuno ofrece una barrera de protección real para la salud cerebral.

Un reflejo de esto es el ensayo clínico ACHIEVE, un estudio que realizó un seguimiento por tres años a personas con dificultades auditivas. Los resultados demostraron que quienes utilizaron audífonos de forma constante redujeron aproximadamente a la mitad su riesgo de deterioro cognitivo frente a los pacientes que no recurrieron a estos dispositivos.

Para preservar la salud cognitiva, la Cleveland Clinic recomienda tres acciones preventivas obligatorias:

  • Proteger los oídos de ruidos intensos en entornos como conciertos mediante el uso de tapones.
  • No restar importancia a los primeros síntomas solicitando una evaluación médica temprana.
  • Utilizar de manera rigurosa los audífonos recetados por los profesionales, evitando archivarlos en un cajón, ya que la estimulación constante es la clave definitiva para mantener el cerebro activo.
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